entre mis manos te haces polvo.
Me ofreces tu torpeza,
el agua que corre entre tus piernas.
En la meseta divina de tu vientre
asesino a una bestia de sangre tibia.
Yo juego a ser tu Dios.




Pues bien, pareciera que andan por todos lados, sin cansancio ni tregua alguna para con el mundo, ayudando sin ser vistos ni oídos, vagando por la tierra que nos tocó vivir a los mortales. Siempre creí que nunca había visto alguno, pensé que eran obra de la vasta imaginación del hombre, dudé siempre de su existencia y credibilidad. Hasta que me di cuenta que en verdad están ahí, siempre lo han estado, solo que en figuras diferentes a las que se pintan o dibujan, están ahí, pero sin alas, sin blancura ni divinidad. Los Ángeles usan lentes, tienen los dientes salidos, usan saco, corbata y pantalones. Los Ángeles odian que les hables por la mañana, comen donas y aman leer a Borges. Los Ángeles usan trenzas, viven lejos, tocan la guitarra y juegan “X-Box”. Los Ángeles me mandan mensajes todas las noches preocupados por si ya llegué a casa, los Ángeles me ven con ternura, me cocinan a veces y me piden galletas (finas obvio, son Ángeles), los Ángeles usan silla de ruedas y van por la calle molestos por el sol y cansados de la vida, ellos saben que los quiero y ríen y muestran el lunar de su mejilla izquierda, lloran en mi hombro y no dudan si quieren hablarme a las 2 de la mañana. Los Ángeles aguantan carilla, cubren mis excesos de alcohol y hablan apenados con mi padre, te invitan a desayunar y pagan las chelas, miden casi dos metros, te llaman “Bro”, son incoherentes, ocurrentes y gordos. Son criaturas que hablan Alemán dormidos, nobles como nadie y simples como todos. Disfrutan la cocina, lloran muy seguido, son inseguros y de mucha “hueva” para la fiesta. Tienen mirada celestial, olvidan títulos y preguntan siempre ¿Qué piensas?, son pequeños, parlanchines y chismosos.
Los Ángeles que yo conozco son aún más sencillos y simples de aquellos que la gente dibuja e imagina, los angelitos que me tocaron no son criaturas aladas, sino “saladas”, no son pulcros sino apestosos, no están siempre, sino cuándo deben. Esas criaturas que me rodean, son en realidad, Ángeles, diferentes en figura, pero iguales en esencia a como la divinidad los ha descrito. Todos mis Ángeles, quizá no han sido descritos esta ocasión, sin embargo, saben que los quiero. Y agradezco su existencia cada uno de los días que desde que nací, me ha tocado vivir de más.

